Armas
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Nadie supo decir con certeza dónde empezó. Algunos hablaban de una rata muerta en los túneles del subte, debajo de la estación Plaza de Mayo. Otros señalaban un contenedor sin marcar en el puerto de Dock Sud, ese mismo puerto donde los barcos habían traído alguna vez el tango, el cólera y la esperanza, y que ahora traía algo peor que las tres cosas juntas. Unos pocos susurraban sobre un laboratorio en el INTA de Castelar cuya frecuencia de emergencia enmudeció la noche del 12 de marzo y nunca volvió a transmitir. En lo que todos coinciden es en esto: reventó un martes, justo en hora pico.
«Al caer la noche, el Obelisco seguía iluminando la 9 de Julio, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Avenida Corrientes, desierta, estaba sembrada de cochecitos volcados y tarjetas SUBE abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
Desde la katana hasta la marioneta de Billy. Del carro de combate al enano de jardín. Cada superviviente lleva 3 objetos: elige bien. Desbloquea nuevo equipamiento ganando experiencia.
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Los primeros casos aparecieron en la estación Constitución. Pasajeros que se bajaban del Roca tambaleándose, cenicientos, desplomándose sobre los andenes antes de levantarse con una lentitud mecánica, ojos vidriosos, mandíbula colgante, dedos que se crispaban como los hilos de una marioneta rota. Los policías de la Federal pensaron primero en paco. Después empezaron las mordidas.
En menos de dos horas, el subte de Buenos Aires, seis líneas, noventa estaciones, el primero de toda Latinoamérica, inaugurado en 1913 cuando esta ciudad todavía se creía París, se convirtió en un matadero. La línea A, la más vieja, aquella de los vagones belgas de madera que durante décadas fueron el orgullo nostálgico de la ciudad, se transformó en una trampa mortal: formaciones repletas seguían avanzando, puertas trabadas, gritos que se apagaban coche por coche, estación por estación. En el nodo de la Nueve de Julio, la avenida más ancha del mundo, el orgullo desmesurado de una ciudad que siempre necesitó todo en superlativo, miles de personas quedaron atrapadas entre los molinetes y la marea gris que subía desde los túneles. Arriba, el Obelisco seguía en pie, blanco e inútil, como siempre.
En la superficie, Buenos Aires no entendió enseguida. En las mesas de los cafés de Recoleta todavía servían cortados y medialunas cuando los primeros infectados treparon por las bocas del subte sobre la Avenida Santa Fe, tropezando con la luz de la tarde. La gente filmó. Por supuesto que filmó. El video de un tipo con la camiseta de Boca mordiéndole el cuello a un mozo en la Biela, ese café donde Borges y Bioy Casares alguna vez discutieron los laberintos del infinito y que ahora descubría uno bastante más concreto, se hizo viral: treinta y cuatro millones de reproducciones antes de que Internet se cayera como se cae todo en Argentina, de golpe y sin explicación.
El Jefe de Gobierno porteño dio una conferencia de prensa a las 18:47 en la sede de Uspallata. A las 19:15, Uspallata estaba a oscuras. A las 20:02, en el edificio de Policía de la Ciudad sobre la calle Madero nadie levantaba el teléfono.
El Ejército intentó establecer un perímetro a lo largo de las avenidas, la General Paz, Rivadavia, Callao. Pero Buenos Aires no es una ciudad que se deje cortar fácilmente. Esta ciudad sobrevivió bombardeos en Plaza de Mayo, tanques en las calles, una dictadura que hizo desaparecer a treinta mil personas, y ni siquiera eso la partió del todo. Cada pasaje, cada galería comercial, cada PH con tres patios interiores era una brecha. Los helicópteros sobrevolaban el microcentro escupiendo instrucciones de evacuación que nadie escuchaba, tapadas por el estruendo de las persianas metálicas que reventaban, las alarmas de los autos, las sirenas, y en todas partes ese gemido sordo, colectivo, inhumano, que subía desde las calles como la respiración enferma de una ciudad que ya no era una ciudad.
La Boca cayó primero. En Caminito, esas cuadras de chapa pintada que alguna vez Quinquela Martín soñó como un museo a cielo abierto, los colores chillones de las fachadas se salpicaron de rojo. En el Riachuelo, cuyas aguas ya estaban muertas desde hacía décadas, ahora flotaban cosas peores que la basura industrial. En San Telmo, los anticuarios de la calle Defensa cerraron sus puertas de hierro forjado, pero el hierro forjado no detiene lo que ya no necesita respirar. En los conventillos, donde alguna vez nació el tango entre cuchilleros y prostitutas, se escuchaban de nuevo gritos, pero esta vez no había bandoneón que los acompañara.
En La Bombonera, ese rectángulo de cemento que tiembla cuando cuarenta y nueve mil gargantas gritan al unísono, el templo donde Maradona fue Dios antes de ser Dios en cualquier otro lado, las tribunas estaban vacías. Sombras se arrastraban por el campo de juego, atraídas por el eco de sus propios pasos sobre el césped donde Riquelme había hecho del tiempo algo que se podía detener con una pausa y un caño.
En el barrio de Palermo, los bares de cerveza artesanal y las hamburgueserías gourmet de Plaza Serrano habían sido saqueados y vaciados antes de que cayera el sol. En Flores, familias bolivianas atrancaban los talleres textiles con máquinas de coser y rollos de tela. En Villa Crespo, alguien había escrito con aerosol en una persiana de la calle Corrientes: "NI MUERTOS NOS VAMOS". Debajo, tres cuerpos que ya se habían ido y vuelto le daban la razón de la peor manera posible.
En la Avenida Corrientes, esa arteria de luces, teatros, pizzerías y librerías abiertas hasta las tres de la mañana que Discépolo hubiera descrito como la única calle del mundo que no duerme, las marquesinas seguían encendidas. El cartel del Teatro San Martín todavía anunciaba una obra de Griselda Gambaro sobre la violencia. Nadie iba a escribir una reseña.
En Puerto Madero, los edificios de vidrio reflejaban el incendio que devoraba los viejos docks reciclados. En la Reserva Ecológica, entre los juncos y los árboles plantados sobre escombros de demoliciones, porque Buenos Aires siempre construyó su futuro sobre los restos de lo que destruyó, figuras se movían entre las sombras, decenas, cientos, miles, arrastrando los pies por los senderos de tierra.
La Casa Rosada seguía iluminada sobre la Plaza de Mayo. Rosa como siempre, mirando al río que los porteños nunca ven, erguida frente a esa plaza donde las Madres habían caminado en círculos durante años buscando a los que habían desaparecido. Ahora los desaparecidos volvían. Pero no como nadie los había imaginado.
Al caer la noche, la ciudad entera olía a carne y a humo. Desde la terraza del Palacio Barolo, ese edificio delirante inspirado en la Divina Comedia de Dante, con su infierno en la base, su purgatorio en el medio y su paraíso en la cúpula, se podía ver toda Buenos Aires: un mar de luces que se apagaban manzana por manzana, como si alguien estuviera bajando un dimmer gigante sobre la capital del fin del mundo.
Buenos Aires. La Reina del Plata. La ciudad que se inventó a sí misma mil veces, entre tangos, golpes de estado, mundiales y crisis económicas. La que siempre se levantó.
Esta vez no se levantó.
O mejor dicho: se levantó. Pero mal.
Y en la oscuridad entre los edificios, en algún lugar de esa cuadrícula infinita de calles donde alguna vez cupieron todos los sueños del sur, cuatro millones de bocas se abrían. No para hablar. No para gritar. No para cantar un tango. Para morder.