Armas
- ⚔️MotosierraLEG.
- ⚾Bate con clavosRARO
- 🧹EscobaCOMÚN
Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon a un frasco roto en el Instituto de Microbiología de la Universidad Central, ese edificio que llevaba años con goteras en el techo y ratas en el sótano. Otros apuntaron al mercado de San Roque, donde un cerdo entero llegó de la Costa con los ojos abiertos y algo que no era rigor mortis. Los viejos de San Juan dijeron que fue el Pichincha, que el volcán llevaba meses gruñendo y esta vez no escupió lava sino algo peor. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando Quito tenía tres millones de almas repartidas en un cañón de cuarenta kilómetros a 2.800 metros de altura.
«Al caer la noche, la Virgen del Panecillo seguía iluminando el centro histórico, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Avenida Amazonas, desierta, estaba sembrada de carriolas volcadas y tarjetas BiciQ abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
Desde la katana hasta la marioneta de Billy. Del carro de combate al enano de jardín. Cada superviviente lleva 3 objetos: elige bien. Desbloquea nuevo equipamiento ganando experiencia.
Las comidas se vuelven obras de arte. La moral del equipo no baja nunca del 60%.
Los equipos que aún tienen información del mundo de antes aguantan más. Inicia sesión para activar el bono permanente.
La corona impone respeto incluso en el caos. El líder irradia presencia, nadie discute sus órdenes.
▌ DE 0 A 1200+ · DE «COMIDA PARA ZOMBIS» AL «MODO DIOS»
Lanza la simulación. Descubre tu Survival Score. Comparte tu equipo. Cada decisión cuenta. Cada día te acerca al MODO DIOS, o a la muerte.
▌ 4 transmisiones para leer antes de formar tu equipo
La terminal de la Ecovía en la Marín fue la primera en caer. Un bus articulado llegó del sur repleto, como cada martes a esa hora, con las puertas abiertas y la gente colgando del estribo. Alguien mordió al cobrador. Los demás pensaron que era un borracho, un loco, un drogado de los que se suben a pedir monedas. El guardia metropolitano sacó su radio. Estática. Cuando el bus llegó a la estación del Ejido ya no importaba quién había mordido a quién.
En la superficie, la avenida Amazonas seguía llena de oficinistas saliendo del sector de La Carolina. Una chica en La Floresta grabó a un hombre subiendo por la García Moreno de rodillas, con la camisa empapada en algo oscuro. Lo subió a TikTok con el texto: "El canelazo de la Ronda pega fuerte, loco". Quince mil likes en cuatro minutos. El video terminaba cuando el hombre le mordía el cuello a un vendedor de espumilla en la esquina de la Plaza Grande.
A las 18:47 el alcalde dio una rueda de prensa desde el Palacio de Carondelet. Habló de un brote de rabia canina que había saltado a humanos, de que el ECU 911 tenía todo bajo control, de no compartir videos alarmistas. Un periodista de Teleamazonas preguntó por los cuerpos en la Marín. El alcalde dijo que eran indigentes en estado de intoxicación. A las 19:15 Carondelet cerró las puertas. A las 20:02 el ECU 911 reproducía música de espera. Como decían los quiteños: el gobierno respondió con la misma velocidad con la que tapa los baches.
Contener Quito es geográficamente imposible. La ciudad es una serpiente de cuarenta kilómetros de largo y cinco de ancho, encajonada entre volcanes y quebradas. Calderón, Carapungo, Quitumbe, barrios que trepan las laderas sin plan, sin alcantarillado, con escaleras de cemento que son las únicas vías de escape. Las quebradas que cruzan la ciudad, esas que taparon con cemento y basura, se convirtieron en túneles perfectos para lo que venía arrastrándose desde abajo.
San Roque cayó primero. Las vendedoras del mercado pelearon con cuchillos de pelar y palos de escoba. Doña Mercedes, la de los jugos de naranjilla del segundo piso, aplastó dos cabezas con un tronco de plátano verde antes de que la tumbaran entre los costales de arroz. La sangre bajó por las gradas del mercado y se mezcló con el agua de los lavaderos de las tripas.
La Mariscal, esa zona de bares y hostales que nunca duerme, no durmió tampoco esa noche. Los gringos del Finn McCool's cerraron las puertas con mesas de pool. Los mochileros de la Calama corrieron hacia la Amazonas y encontraron más de lo mismo. Un irlandés borracho noqueó a un infectado con una botella de Pilsener y se hizo viral por quince minutos antes de que el internet se cayera.
El Centro Histórico, patrimonio de la humanidad, se convirtió en un matadero con fachada barroca. Los infectados subieron por la Guayaquil, pasaron frente a la iglesia de Santo Domingo, cruzaron la Plaza Grande donde los presidentes habían jurado defender al pueblo. La Compañía de Jesús, con sus siete toneladas de oro en las paredes, quedó cerrada. Adentro, silencio. Afuera, una procesión que no era de Semana Santa.
En el sur, Chillogallo, la Ecuatoriana y Quitumbe se organizaron por manzanas. Fogatas en las esquinas, fierros en las manos, perros callejeros que ladraron hasta que dejaron de ladrar. Pelearon como siempre habían peleado, sin ayuda, sin ambulancias, sin que nadie del norte se acordara de que existían.
El Panecillo resistió hasta la medianoche. La Virgen de aluminio de cuarenta y un metros seguía iluminada, mirando hacia una ciudad que ya no necesitaba protección sino un milagro. Desde sus pies se veía todo el cañón: las luces que se apagaban barrio por barrio, las fogatas que se encendían y se apagaban, las sombras que se movían como una mancha lenta por cada calle.
A las cuatro de la mañana la niebla bajó del Pichincha. Quito desapareció bajo una sábana blanca. Solo quedaba el sonido. Pasos. Mandíbulas. Silencio.
Tres millones de bocas abiertas entre la niebla de los volcanes. Para morder.