EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Terminal de Occidente fue el primer desastre. Un bus de la ruta 101 llegó de Santa Tecla repleto, con la música de cumbia todavía sonando por los parlantes rotos. Alguien mordió al cobrador. Los demás creyeron que era un bicho loco, un cipote drogado, nada que no pase un martes. El motorista siguió cobrando. Cuando el bus se detuvo en la terminal, lo que bajó tenía hambre y no de pupusas.

En la superficie, el Paseo General Escalón seguía lleno de gente saliendo de las oficinas. Un bicho en la Colonia Escalón grabó a una mujer caminando por la Zona Rosa con el uniforme de enfermera cubierto de sangre. Lo subió a TikTok con: "Vaya, esta cipota se embotó con chicha de marañón bien fuerte". Ocho mil likes en dos minutos. El video terminó cuando la mujer le arrancó la oreja a un mesero del Señor Tenedor.

A las 18:47 el presidente apareció en cadena desde Casa Presidencial. Habló de un incidente aislado, de que la PNC y la FAES tenían el control absoluto, de que El Salvador era el país más seguro de Centroamérica. Un periodista de El Diario de Hoy preguntó por los videos. Le cortaron el micrófono. A las 19:15 se declaró régimen de excepción. A las 20:02 las líneas telefónicas colapsaron. El país que ya tenía sesenta mil pandilleros presos descubrió que hay amenazas que no se resuelven con cárceles.

Contener San Salvador es una trampa geológica. La ciudad está encajada entre el volcán y una planicie que se extiende sin límite hacia los municipios vecinos. Soyapango, Ilopango, Apopa, Mejicanos, todo es una sola mancha urbana sin frontera. Las colonias populares, construidas sobre antiguas fincas de café, son laberintos de pasajes ciegos y callejones. Las mesones del centro, donde cuarenta familias comparten un patio, son trampas perfectas.

El Centro Histórico cayó con su olor a pupusas quemadas. Los vendedores de la Calle Arce pelearon con machetes. La Catedral Metropolitana, donde descansa Monseñor Romero, cerró las puertas. Afuera, la Plaza Cívica se llenó de cuerpos que caminaban bajo las luces del Palacio Nacional. Adentro, la tumba del santo seguía en silencio.

Soyapango fue una masacre. El municipio más denso del país, doscientas mil personas en pocos kilómetros cuadrados. Los que habían sobrevivido a la guerra civil, a las maras, a los terremotos, pelearon con todo. Los fierros que guardaban debajo de la cama, las piedras del patio, la rabia acumulada de generaciones. No alcanzó. Nunca alcanza cuando el enemigo no tiene miedo.

La Colonia Escalón y la Zona Rosa cayeron con sus terrazas iluminadas. Los del centro comercial La Gran Vía cerraron las puertas de vidrio. Los infectados entraron por el food court. Una BMW estrellada contra la fuente del Monumento al Salvador del Mundo, ese Cristo sobre la esfera que los salvadoreños miran con la mezcla exacta de fe y resignación.

A las dos de la mañana, el volcán de San Salvador seguía en silencio. Su silueta negra contra el cielo era lo único que no había cambiado. La ciudad a sus pies humeaba. Las alarmas sonaban en casas vacías. Los perros aullaban desde los techos de lámina.

Dos millones de bocas abiertas a la sombra del volcán. Para morder.

7 roles. 28 días. Cero margen de error.

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