Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al mercado de las brujas en la calle Linares, donde una bolsa de fetos de llama reventó sola y salpicó a tres turistas que nunca volvieron a su hotel. Otros señalaron el laboratorio de la UMSA en Miraflores, ese que llevaba meses con la puerta rota y las muestras sin refrigerar. Los yatiris del Alto juraron que la Pachamama estaba cobrándose siglos de deuda. Lo cierto es que fue un martes a las seis de la tarde, cuando La Paz hervía a 3.640 metros de altura y el sol se escondía detrás del Illimani como si supiera lo que venía.
«Al caer la noche, el Illimani seguía recortando la ciudad, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. El Paseo El Prado, desierto, estaba sembrado de minibuses volcados y aguayos abandonados. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
Desde la katana hasta la marioneta de Billy. Del carro de combate al enano de jardín. Cada superviviente lleva 3 objetos: elige bien. Desbloquea nuevo equipamiento ganando experiencia.
Las comidas se vuelven obras de arte. La moral del equipo no baja nunca del 60%.
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La corona impone respeto incluso en el caos. El líder irradia presencia, nadie discute sus órdenes.
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La Terminal de Buses de la calle Uruguay fue el primer matadero. Los minibuses llegaban del Alto repletos como siempre, doscientas personas por viaje, cuerpos apretados contra las ventanillas rajadas. Un pasajero mordió al cobrador en el cuello. El chofer frenó en seco. Los de atrás pensaron que era un atraco, cosa normal para un martes. Cuando abrieron las puertas, lo que salió ya no era gente. El guardia de seguridad llamó a la central. Nadie contestó. Recargó su teléfono con dos bolivianos y volvió a marcar. Seguía sin contestar.
En la superficie, la Pérez Velasco seguía atascada. Los voceadores gritaban destinos, las cholitas vendían salteñas en la esquina de la Mariscal Santa Cruz. Un chico de diecinueve años grabó con su celular a una mujer caminando descalza por el Prado, con la mandíbula desencajada y los ojos blancos. Subió el video a Facebook con el comentario: "La chicha del Valle está brava, hermano". Doscientos compartidos en cuatro minutos. El video se cortaba cuando la mujer se lanzaba sobre un lustrabotas frente a la iglesia de San Francisco.
A las 18:47 el alcalde apareció en una transmisión en vivo desde el Palacio Quemado. Habló de intoxicación masiva, de gases del alcantarillado, de mantener la calma. Un periodista de Página Siete preguntó por los muertos de la terminal. El alcalde respondió que eran fake news de la oposición. A las 19:15 se cortó la señal. A las 20:02 los teléfonos del Ministerio de Salud sonaban en oficinas vacías. Como decían los paceños, al menos esta vez el gobierno fue sincero: no tenían ni idea.
Contener La Paz es una locura geográfica. La ciudad cae en un cañón, desparramada por laderas que suben hasta El Alto a cuatro mil metros. Calles verticales, escaleras que son atajos, barrios colgados de la roca como nidos de golondrina. Villa Fátima, Cotahuma, Sopocachi, cada zona conectada por vías estrechas que ni los taxistas conocen completas. Y arriba, El Alto, un millón de almas sobre el altiplano, sin límite visible, sin frontera que cerrar.
El Mercado Rodríguez cayó en veinte minutos. Las caseras pelearon con cuchillos de deshuesar y palos de escoba. Doña Eustaquia, la de las papas de la sección doce, aplastó tres cráneos con una piedra de moler antes de que la tumbaran entre los costales de quinua. La sangre corrió por los pasillos angostos y se mezcló con el jugo de las naranjas reventadas. El olor a vísceras se confundió con el del api caliente que nadie apagó.
Sopocachi intentó ser elegante hasta el final. Los de los cafés de la 20 de Octubre cerraron las puertas de vidrio y siguieron con sus cappuccinos. No duró. Los infectados bajaron por la Sánchez Lima en manada. Un BMW estrellado contra la estatua del Montículo. Una infectada con chaqueta de cuero italiano arrastrándose por la plaza España, dejando un rastro oscuro sobre el empedrado.
En la Zona Sur, Calacoto y San Miguel se creyeron a salvo por la distancia. Los guardias de los condominios cerraron las plumas. Las cámaras grabaron todo: cómo los infectados bajaron por la avenida Ballivián en oleadas, cómo las rejas de tres metros no sirvieron de nada, cómo los jardines con piscina se llenaron de cuerpos que ya no nadaban.
El Alto fue otra guerra. Los vecinos de la Ceja, curtidos por décadas de bloqueos y enfrentamientos, armaron barricadas con llantas y adoquines arrancados. Pelearon como habían peleado siempre, con piedras, con dinamita de minero, con la rabia de los que nunca tuvieron nada que perder. La Feria 16 de Julio, ese mercado infinito donde se vende todo lo robado del mundo, ardió entera. El humo se veía desde Oruro.
A las dos de la mañana el teleférico rojo seguía funcionando. Las cabinas cruzaban el vacío entre El Alto y la ciudad como cápsulas silenciosas. Dentro de una, dos infectados golpeaban el vidrio con la frente, yendo y viniendo sobre el abismo sin destino, sin hambre que el aire frío pudiera calmar.
El Illimani amaneció nevado y perfecto, indiferente. Abajo, La Paz humeaba. Las iglesias coloniales, los mercados, las plazas donde las cholitas bailaban morenada cada febrero. Todo callado. Todo lleno.
Millones de bocas abiertas a 3.640 metros de altura. Para morder.