Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al frigorífico del Cerro, donde un lote de carne entró al proceso sin inspección un viernes y salió convertido en algo que no era milanesa el martes siguiente. Otros señalaron al Puerto de Montevideo, donde un container de bandera liberiana fue abandonado en el muelle C sin que nadie revisara el líquido negro que goteaba de la esquina. Los más viejos del Barrio Sur dijeron que fue el candombe, que los tambores despertaron algo que dormía debajo de la muralla colonial. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando un millón y medio de uruguayos se movían por las ramblas y las calles de Montevideo con esa calma que siempre los distinguió.
«Al caer la noche, el Palacio Salvo seguía iluminando Plaza Independencia, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Avenida 18 de Julio, desierta, estaba sembrada de cochecitos volcados y tarjetas STM abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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La Terminal Tres Cruces fue la primera en caer. Un ómnibus de CUTCSA llegó del Cerro lleno, con las ventanillas empañadas por el calor humano. Alguien mordió a alguien en el pasillo. Los demás pensaron que era un loco, un borracho, un desprolijo. El guardia del andén tomó mate y esperó a que se resolviera solo. No se resolvió. Cuando el ómnibus quedó en silencio, las puertas se abrieron y la Terminal se llenó de un olor que no era el del café del quiosco.
En la superficie, la 18 de Julio seguía con su ritmo de martes. Los empleados públicos salían del Palacio Salvo con sus termos bajo el brazo. Un pibe en Ciudad Vieja grabó a un tipo arrastrándose por la peatonal Sarandí con la camiseta de Peñarol empapada en sangre. Lo subió a Twitter con: "Bo, este hincha se tomó todo el medio y medio del Mercado del Puerto". Seis mil retuits en tres minutos. El video se cortaba cuando el tipo se le tiraba encima a un vendedor de tortas fritas en la Plaza Independencia.
A las 18:47 el intendente salió en conferencia desde la sede comunal de la avenida 18 de Julio. Habló de un brote de leptospirosis aguda, de que ASSE estaba coordinando, de que Uruguay siempre fue un país de instituciones sólidas. Un periodista de El País preguntó por los videos. Le dijeron que no difunda información sin confirmar. A las 19:15 la sede quedó vacía. A las 20:02 el 911 daba ocupado. Uruguay, el país que se jactaba de funcionar como Suiza, descubrió que Suiza tampoco hubiera podido con esto.
Contener Montevideo es más fácil que contener otras capitales, pero nadie lo intentó a tiempo. La ciudad se extiende a lo largo de la costa, con la bahía al sur y el Cerro al oeste. Pero los asentamientos del norte, Casavalle, Marconi, Borro, son un laberinto de calles sin nombre y casas de bloque sin terminar. La Rambla es larga y abierta, pero no es una muralla. Nada es una muralla cuando la gente camina hacia vos y no se detiene.
El Mercado del Puerto cayó con olor a parrilla. Los parrilleros del Cabaña Verónica y el Don García pelearon con cuchillos de asador y espetones. Don Julio, el de la entraña jugosa del puesto del fondo, empaló a dos infectados con un tridente de asar antes de que lo alcanzaran entre las brasas. El carbón ardió toda la noche. El humo se mezcló con otro humo que no era de achuras.
En Pocitos, los del Montevideo Shopping cerraron las puertas y subieron al cine. No sirvió. Los infectados entraron por el subsuelo. Los del Punta Carretas Shopping, ese que fue cárcel antes de ser templo del consumo, se convirtió otra vez en cárcel. Nadie salió. Un BMW serie 3 estrellado contra la rambla de Pocitos, con las olas mojando el capó.
El Cerro peleó como barrio obrero que es. Los del Club Cerro cerraron el estadio y lo usaron de fortín. Las familias del Cerro Norte bajaron con lo que tenían: fierros, facones, el orgullo de los que siempre estuvieron lejos de todo. Aguantaron hasta las dos de la mañana. La fortaleza del Cerro, esa que vigila la bahía desde 1811, se llenó de gente que buscaba refugio detrás de muros que habían resistido imperios. No resistieron esto.
Casavalle no tuvo ninguna oportunidad. Oscuro, olvidado, sin alumbrado público en la mitad de las calles. Los infectados se mezclaron con las sombras. Los perros ladraron primero y callaron después. Las sirenas que nunca llegaban a tiempo tampoco llegaron esta vez.
A las cuatro de la mañana, el Palacio Salvo seguía iluminado sobre la Plaza Independencia. Ese edificio que fue el más alto de Sudamérica, esa torre de hormigón que Montevideo mira como un abuelo querido. La estatua de Artigas seguía en su lugar, con el brazo extendido señalando hacia un país que ya no estaba.
El Río de la Plata amaneció color barro, como siempre. Montevideo amaneció en silencio, como nunca.
Un millón y medio de bocas abiertas frente al río. Para morder.