Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, donde un refrigerador soviético de 1987 dejó de funcionar un lunes y nadie reportó la avería porque reportar averías requiere un formulario que requiere un sello que nadie tenía. Otros señalaron al puerto de La Habana, donde un carguero norcoreano descargó cajas sin etiqueta que los aduaneros dejaron pasar porque venían con orden de arriba. Los santeros del barrio Cayo Hueso dijeron que fue Oyá, la dueña del cementerio, que se cansó de esperar ofrendas que nadie podía pagar. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando La Habana tenía dos millones de personas caminando porque los buses no pasaron, como cada martes.
«Al caer la noche, el Capitolio seguía brillando sobre el Paseo del Prado, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. El Malecón, desierto, estaba sembrado de almendrones volcados y guayaberas abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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La Terminal de Ómnibus Nacionales de Boyeros fue la primera en caer. Un camello, de esos camiones convertidos en buses que el período especial inventó y que nunca se fueron del todo, llegó de Santiago con dieciséis horas de retraso y doscientas personas adentro. Alguien mordió a alguien. Los demás creyeron que era un loco, un borracho de chispa de tren, un tipo con la mala del calor y las dieciséis horas sin aire. El policía de la terminal estaba afuera vendiendo cigarros sueltos. Cuando entró ya no había a quién multar.
En la superficie, el Malecón estaba lleno como siempre. Los habaneros sentados en el muro con sus botellas de ron, los jineteros buscando turistas, los niños tirándose al mar. Un tipo en Centro Habana grabó con un celular prestado a una mujer caminando por San Lázaro con el vestido de casa desgarrado y los ojos blancos. Lo subió a un grupo de WhatsApp con: "Asere, mira esta jeva, el ron Planchao le viró el cerebro". El mensaje tardó en enviarse porque el internet iba a un kilobyte por segundo. Cuando finalmente cargó, el video mostraba a la mujer mordiéndole la cara a un vendedor de maní frente a la escalinata de la Universidad.
A las 18:47 un comandante del MINFAR apareció en la televisión cubana. Habló de un acto de agresión bacteriológica del enemigo imperialista, de que la revolución había enfrentado amenazas mayores, de que el pueblo estaba preparado y era invencible. Un periodista de Granma asintió con la cabeza. No hizo preguntas. A las 19:15 el MINFAR no contestó más llamadas. A las 20:02 los CDR de cada cuadra intentaron organizar algo, pero las instrucciones de arriba no llegaron porque arriba ya no había nadie. Cuba, el país que planifica todo, no planificó esto.
Contener La Habana es un acertijo de siglos. La ciudad se extiende desde la bahía hacia el oeste y el sur, con barrios coloniales que son laberintos de calles estrechas y solares donde viven treinta familias detrás de una sola puerta. Centro Habana, ese museo de ruinas habitadas donde los edificios se caen solos cada semana. Los balcones de Habana Vieja cuelgan sobre las calles como mandíbulas a punto de cerrarse. Marianao, Cerro, Diez de Octubre, municipios de casas pegadas sin espacio para respirar ni para escapar.
Centro Habana cayó como caen sus edificios: de golpe, sin aviso, con polvo. Los solares, esos edificios coloniales subdivididos en cincuenta cuartos donde las familias cocinan en el pasillo, se convirtieron en trampas perfectas. Una sola puerta de entrada. Nadie salió. Los vecinos de la calle Neptuno pelearon con tubos de plomería y patas de silla. Don Lázaro, el del timbiriche de la esquina de Galiano y Zanja, tumbó a tres infectados con un bate de pelota antes de que lo alcanzaran frente a la puerta del barrio chino que ya no tiene chinos.
Habana Vieja murió con dignidad de museo. Los turistas del Hotel Ambos Mundos, ese donde Hemingway escribía borracho, cerraron las persianas de madera y esperaron a que alguien viniera a rescatarlos. Nadie vino. La Plaza de la Catedral se llenó de cuerpos que arrastraban los pies sobre las piedras de trescientos años. El Floridita cerró la barra donde se inventó el daiquirí. La estatua de bronce de Hemingway quedó sola en su esquina, con una sonrisa eterna frente a un bar que por primera vez en sesenta años estaba en silencio.
En Miramar, los diplomáticos cerraron las embajadas. La Quinta Avenida, esa réplica tropical de un bulevar europeo, se llenó de infectados que caminaban entre las mansiones confiscadas. Un Lada de los ochenta estrellado contra un Chevrolet del 57, los dos autos detenidos en el tiempo como todo en Cuba. Los de la Embajada rusa cerraron las rejas. Los de la antigua Embajada americana, esa que ahora es la Sección de Intereses, ya llevaban años sin personal dentro.
El Cerro y Diez de Octubre pelearon como peleó Cuba entera: con lo que había, que no era mucho. Machetes de cortar caña, cuchillos de cocina, la furia de un pueblo que lleva décadas sobreviviendo con nada. Los CDR organizaron defensa cuadra por cuadra. Funcionó por dos horas. Después no hubo más cuadras que defender.
Regla, al otro lado de la bahía, se aferró a sus santos. Los babalawos cerraron las casas de santo y tocaron los batá hasta que les sangraron las manos. Los tambores sonaron toda la noche sobre el agua de la bahía, compitiendo con los gritos que venían del otro lado. La Virgen de Regla, patrona de los marineros, miraba desde su altar con ojos de yeso que no podían cerrarse.
A las cuatro de la mañana, el faro del Morro seguía girando. Quinientos años de luz sobre la entrada de la bahía, iluminando barcos que ya no iban a zarpar. El Malecón estaba lleno de cuerpos sentados en el muro, mirando al mar como cada noche, pero sin ron, sin risas, sin música.
La Habana amaneció con el sol que siempre le sobró. El calor pegajoso del Caribe se mezcló con otro calor. Dos millones de bocas abiertas bajo los balcones coloniales. Para morder.