Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al Hospital Manolo Morales, donde los apagones habían dejado la morgue sin refrigeración durante una semana. Otros señalaron la costa del lago Xolotlán, donde los pescadores sacaron algo que no era tilapia y que se movía en la red con una fuerza que no correspondía a un pez. Los sandinistas viejos dijeron que era un sabotaje imperialista. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando Managua tenía un millón y medio de almas desperdigadas en esa ciudad sin centro que se extiende sobre las fallas sísmicas como si el terremoto del 72 no le hubiera enseñado nada.
«Al caer la noche, los árboles de la vida seguían iluminando la Avenida Bolívar, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Pista de la Resistencia, desierta, estaba sembrada de microbuses volcados y tarjetas TUC abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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El Mercado Oriental, el más grande de Centroamérica, fue el primer matadero. Veinte manzanas de puestos amontonados, cables eléctricos colgando, pasillos donde no cabe un alma más. Alguien mordió a un carnicero. El carnicero mordió a tres clientes. Los demás creyeron que era una pelea de borrachos. El vigilante del mercado ni se enteró, estaba del otro lado de las veinte manzanas. En quince minutos, el Oriental era un laberinto de gritos y dientes.
En la superficie, la Carretera a Masaya seguía trancada. Los capitalinos salían de los centros comerciales con bolsas de plástico y audífonos. Un chavalo en la colonia Centroamérica grabó a un hombre arrastrándose por la rotonda de Hugo Chávez con los ojos en blanco. Lo subió a TikTok con: "Mirá, este compa se tomó todo el macuá del bar y va rodando". Diez mil likes en tres minutos. El video terminaba cuando el hombre le mordía el brazo a un vendedor de vigorón junto a la rotonda.
A las 18:47 un vocero del gobierno apareció en Canal 4 desde El Carmen. Habló de un ataque bacteriológico del imperialismo contra la revolución, de que el MINSA tenía todo controlado, de que el pueblo nicaragüense había vencido a Somoza, al contra y al virus. Un periodista de Confidencial intentó preguntar. No pudo, llevaba dos años sin credencial. A las 19:15 la Asamblea Nacional quedó vacía. A las 20:02 el 118 de los bomberos no contestó. Nicaragua, donde preguntar es sospechoso, dejó de tener a quién preguntarle.
Contener Managua es absurdo. La ciudad no tiene centro desde el terremoto del 72. Se extiende horizontal, dispersa, sin lógica, con rotondas que nadie entiende y direcciones que se dan por referencia a árboles que ya no existen. Los barrios populares, Ciudad Sandino, las colonias del este, Tipitapa, se funden con la ciudad sin aviso. No hay perímetro. No hay downtown que cerrar. Managua es una mancha sobre la falla sísmica.
El Mercado Oriental ardió a las ocho de la noche. Los comerciantes pelearon con machetes y tubos de hierro. Doña Petrona, la de los nacatamales del pasillo de las comidas, aplastó cinco cabezas con un mazo de carne antes de que la tumbaran entre los sacos de arroz. El fuego se extendió por los puestos de plástico chino y ropa usada. El humo se veía desde Masaya.
Los barrios del este cayeron en cadena. El Reparto Schick, el Jorge Dimitrov, barrios con nombres de revolucionarios que ya nadie recuerda. La gente peleó como peleó en los ochenta, con piedras y con rabia. Los murales sandinistas de los ochenta se salpicaron de sangre fresca sobre pintura vieja.
La carretera a Masaya, donde están los restaurantes y los bares de los que tienen lempiras, se convirtió en un estacionamiento de cadáveres. Los del centro comercial Galerías Santo Domingo cerraron las puertas automáticas. Los infectados las rompieron. Un Hilux polarizada estrellada contra una palmera del boulevard.
A las tres de la mañana, la Loma de Tiscapa seguía ahí, con su silueta de Sandino recortada contra el cielo. Esa silueta negra de sombrero y fusil que mira a una Managua que ya no necesita revoluciones sino un milagro. El lago Xolotlán brillaba bajo la luna, callado, contaminado, indiferente como siempre.
Managua amaneció tibia y quieta. El viento del lago trajo un olor dulce y podrido. Un millón y medio de bocas abiertas en una ciudad sin centro. Para morder.