Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al mercado de la Duarte con París, donde un saco de víveres llegó de Haití con algo adentro que no estaba en la factura. Otros señalaron al Hospital Darío Contreras, donde la morgue llevaba una semana sin aire acondicionado y los cuerpos se hinchaban en la oscuridad. Los de Villa Mella dijeron que fue un gagá que despertó lo que no debía, que los muertos de aquí siempre estuvieron inquietos. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando Santo Domingo tenía tres millones de personas montadas en guaguas, en motoconchos y en el Metro que es orgullo nacional.
«Al caer la noche, el Faro a Colón seguía iluminando el Este, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Avenida 27 de Febrero, desierta, estaba sembrada de carriolas volcadas y tarjetas OMSA abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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La parada de guaguas de la avenida Duarte fue la primera en caer. Una guagua de la OMSA llegó del kilómetro nueve repleta, con el dembow sonando por el altavoz del chofer. Alguien mordió a alguien. Los demás creyeron que era un lío de tigueraje, un tipo con la nota de clerén, nada que no pase un martes. El cobrador intentó sacar al tipo. El tipo le sacó un pedazo del brazo. Cuando la guagua llegó a la Charles de Gaulle, lo que bajó no iba a coger otra guagua.
En la superficie, el Malecón de Santo Domingo seguía lleno. Los capitaleños caminaban por la George Washington con sus cervecitas y su música de celular. Un tiguere en Gazcue grabó a un hombre arrastrándose por la Conde peatonal con la camisa de su colmado empapada en sangre. Lo subió a Instagram con: "Loco, mira ete tipo, el mamajuana lo dejó klk pero mal". Quince mil likes en dos minutos. El video terminó cuando el tipo se le tiró encima a una doña que vendía empanadas frente a la Catedral Primada.
A las 18:47 el presidente apareció en cadena desde el Palacio Nacional. Habló de un brote de rabia que el Ministerio de Salud Pública ya tenía controlado, de que la República Dominicana tenía un sistema de emergencias de primer nivel, de que mantuvieran la calma. Un periodista de Noticias SIN preguntó por los muertos de la Duarte. Le dijeron que era sensacionalismo. A las 19:15 el Palacio Nacional cerró los portones blancos. A las 20:02 el 911 devolvió un mensaje grabado que decía que la espera era de dos horas. Quisqueya la bella, donde todo se arregla mañana, se quedó sin mañana.
Contener Santo Domingo es una ficción urbana. La ciudad se extiende a ambos lados del río Ozama sin límite ni lógica. Santo Domingo Este, Santo Domingo Norte, Los Alcarrizos, todo fundido en una masa de barrios populares sin frontera. Los Guandules, Capotillo, Simón Bolívar, sectores donde las casas de block se pegan unas a otras y los callejones son tan estrechos que un carro no cabe. Los motoconchos son los únicos que conocen cada esquina, y esa noche los motoconchos fueron los primeros en caer.
La Zona Colonial murió con quinientos años de historia. Los infectados entraron por la calle El Conde y bajaron hasta la Plaza España. Los turistas del Hard Rock Café cerraron las puertas de vidrio. Los de los restaurantes de la Atarazana corrieron hacia el Alcázar de Colón, que llevaba cinco siglos recibiendo invasiones. Las piedras del primer castillo de América se salpicaron de sangre fresca. La Catedral Primada, la primera del Nuevo Mundo, cerró sus puertas. Los huesos de Colón, si es que son de Colón, quedaron solos en su mausoleo.
Los Guandules cayó rápido. El barrio pegado al río Ozama, donde las casas cuelgan sobre el agua como nidos de pájaro, no tenía escapatoria. Río atrás, infectados adelante. Las familias cruzaron a nado. Algunas llegaron al otro lado. Otras se hundieron. El río Ozama, que siempre cargó basura, cargó algo peor esa noche.
En Piantini y Naco, los del Blue Mall cerraron las puertas de cristal. Los de las torres de Acropolis Center subieron a los penthouses y miraron por las ventanas panorámicas. Los infectados subieron por las escaleras. Un Lexus estrellado contra la fuente del Jardín Botánico. Una infectada con extensiones de pelo y uñas acrílicas arrastrándose por la Winston Churchill, dejando marcas en el asfalto.
Villa Mella resistió con sus palos y sus santos. Los del gagá sacaron los tambores y los machetes. Los paleros cerraron los centros y prendieron velas que ardieron toda la noche. Pelearon con fuerza de cimarrón, con la memoria de los que siempre pelearon solos contra todo. Los tambores sonaron hasta el amanecer. Después solo sonaron los dientes.
Cristo de los Farallones, ese Cristo gigante que mira a Santo Domingo desde la costa este, seguía iluminado a las cuatro de la mañana. Los brazos abiertos sobre un mar negro y caliente. Desde sus pies se veía la ciudad entera: las luces que parpadeaban, el humo que subía del Malecón, las sombras que se movían por cada avenida.
El amanecer trajo el calor de siempre. El sol del Caribe no distingue entre vivos y muertos. Tres millones de bocas abiertas bajo las palmeras. Para morder.