EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Terminal de buses de la zona 4 fue el primer infierno. Un bus rojo, de esos sin número fijo y sin Dios, llegó de Villa Nueva repleto. Alguien mordió al ayudante que cobraba los pasajes. Los de al lado creyeron que era un asalto, cosa de cada día en los buses. El piloto siguió manejando. Cuando el bus llegó al Trébol ya nadie estaba vivo de la forma habitual. Las puertas se abrieron y lo que bajó se mezcló con los vendedores de agua y los limpiavidrios.

En la superficie, la Sexta Avenida de la zona 1 seguía llena. Una patoja grabó a un hombre subiendo por la 18 calle con los brazos extendidos y la camisa rota. Lo subió a Face con: "Miren a este cuate, se pasó de cusha y anda espantando". Cinco mil compartidos en tres minutos. El video se cortó cuando el cuate le arrancó un pedazo del hombro a una señora que vendía chuchitos frente al Portal del Comercio.

A las 18:47 el alcalde apareció en una cadena desde el Palacio Municipal. Habló de un brote de rabia, de que el IGSS estaba coordinando, de que la PNC tenía la situación controlada. Un periodista de Prensa Libre preguntó por los videos. Le dijeron que era desinformación. A las 19:15 el Palacio Nacional de la Cultura cerró sus puertas verdes. A las 20:02 nadie contestó en el 110, el 120 ni el 1500. Guatemala, donde los bomberos voluntarios siempre llegan antes que el Estado, esta vez tampoco pudieron llegar.

Contener Ciudad de Guatemala es imposible. La ciudad está cortada por barrancos profundos que separan las zonas como heridas en la tierra. La zona 18, la zona 6, la zona 7, barrios enteros que cuelgan del borde de precipicios, conectados por puentes que se pueden cortar pero que nadie cortó. Y alrededor, Villa Nueva, Mixco, San Miguel Petapa, millones de personas sin frontera definida. Los asentamientos trepan los barrancos con casas de lámina y block que no aparecen en ningún censo.

El mercado de La Terminal cayó en quince minutos. Las vendedoras de la zona 4 pelearon con cuchillos y palos. Doña Marta, la de los tamales colorados del pasillo siete, aplastó tres cabezas con una piedra de moler antes de que la alcanzaran. La sangre se mezcló con la salsa de los chuchitos y el agua negra de las alcantarillas desbordadas.

La zona 10, la Zona Viva, se creyó a salvo. Los del Oakland Mall cerraron las puertas de cristal. Los de los restaurantes de la Cuarta Avenida pidieron la cuenta. Los infectados llegaron por el bulevar Los Próceres como una procesión lenta. Un Land Cruiser blindado estrellado contra la fuente del Fontabella. Un infectado con traje sastre caminando por la Avenida Reforma con un zapato italiano en un pie y nada en el otro.

La zona 18 fue una carnicería vertical. Los barrancos se llenaron de gritos que rebotaban en las paredes de tierra. Las maras, que conocían cada callejón y cada escondite, pelearon con lo que tenían. Pero lo que tenían no era suficiente contra algo que no siente balas ni respeta territorios.

La zona 1 cayó con su dignidad deteriorada. La Catedral Metropolitana cerró las puertas coloniales. El Palacio Nacional de la Cultura quedó iluminado en verde, vacío, con los murales de historia nacional mirando un salón donde ya no quedaba nación. La Plaza de la Constitución se llenó de cuerpos que caminaban en círculos bajo los árboles.

A las tres de la mañana, el Mapa en Relieve del Hipódromo del Norte, esa maqueta gigante de Guatemala construida en 1905, seguía ahí en la oscuridad. Un país entero en miniatura, perfecto, inmóvil. Afuera, el país real se movía demasiado.

Tres millones de bocas abiertas entre los barrancos. Para morder.

7 roles. 28 días. Cero margen de error.

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