EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Terminal de Ómnibus fue el primer matadero. Un colectivo llegó de Luque atestado, con las ventanillas abiertas y cumbia sonando en el parlante del chofer. Alguien mordió a alguien. Los de al lado creyeron que era una pelea de borrachos, cosa de martes. El guardia de la terminal tomó tereré y miró para otro lado. Cuando el colectivo quedó en silencio ya era tarde. Las puertas se abrieron y la terminal se llenó de algo que no era el calor habitual.

En la superficie, la calle Palma seguía llena de gente caminando entre los vendedores de chipas y los cambistas del Mercado 4. Un gurí grabó con su celular a una señora caminando por la Plaza de los Héroes con el vestido de ñandutí empapado en sangre. Subió el video a Facebook con: "Che, esta señora se cayó en la carnicería y salió caminando nomás". Ocho mil compartidos en cinco minutos. El video se cortaba cuando la señora se abalanzaba sobre un vendedor de cocido frente al Panteón de los Héroes.

A las 18:47 el intendente apareció en la tele desde la Municipalidad. Habló de un brote de dengue hemorrágico severo, de que el Ministerio de Salud ya mandó fumigadores, de que la gente no se alarme. Un periodista de ABC Color preguntó por los muertos de la Terminal. Le dijeron que era información sin confirmar. A las 19:15 la Municipalidad cerró. A las 20:02, la línea de emergencias devolvía tono ocupado. Paraguay, donde cada crisis se resuelve mañana, no tuvo mañana.

Contener Asunción es una ilusión. La ciudad se desparrama sobre colinas suaves que bajan al río Paraguay sin orden ni plan. Los bañados del sur, donde viven cien mil personas en casas de madera sobre el agua, no tienen calles sino caminos de tierra que desaparecen cuando llueve. El Mercado 4 es un laberinto de pasillos donde se pierde hasta el que trabaja ahí. Y al lado, Luque, San Lorenzo, Fernando de la Mora, el Gran Asunción que nadie sabe dónde empieza ni dónde termina.

El Mercado 4 cayó en media hora. Las vendedoras pelearon con machetes y fierros. Doña Ramona, la de la sopa paraguaya del pasillo central, le partió la cabeza a tres infectados con una olla de hierro antes de que la tiraran entre los cajones de mandioca. El olor a sangre se mezcló con el del chipá guazú quemándose en los hornos que nadie apagó.

La Chacarita, ese barrio de casas de colores pegado al centro, resistió con lo que tenía. Cumbia villera sonando desde un parlante mientras los vecinos peleaban con palos de escoba y cuchillos de cocina en la calle Caballero. Los chicos del Club Olimpia improvisaron barricadas con las sillas del estadio. No alcanzó. Nunca alcanza con sillas.

En Villa Morra, los del shopping cerraron las puertas de vidrio y subieron al food court. Los infectados entraron por el estacionamiento subterráneo. Un Mercedes estampado contra el portón de un edificio de la Aviadores del Chaco. Un infectado con camisa de la selección paraguaya caminando por el centro del boulevard, con los brazos extendidos como si celebrara un gol que nadie anotó.

Los Bañados del Sur fueron lo más cruel. Las familias que vivían sobre el agua no tenían adónde correr. El río crecido les cerraba un lado y los infectados les cerraban el otro. Los que tenían canoas remaron hacia el medio del Paraguay y flotaron toda la noche, escuchando los gritos que venían de la orilla.

A las tres de la mañana, el Palacio de los López seguía iluminado sobre la bahía. Ese palacio blanco que López mandó construir imitando el Louvre, esa joya que sobrevivió a tres guerras. La bandera paraguaya flameaba en el techo sin nadie que la arriara. Desde el río, Asunción parecía intacta. Una mentira hermosa.

El amanecer trajo un calor pesado. Los pájaros no cantaron. Solo quedaba el ruido del río y el arrastrar de pies sobre el asfalto caliente.

Dos millones de bocas abiertas bajo el sol del Paraguay. Para morder.

7 roles. 28 días. Cero margen de error.

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