Armas
- ⚔️MotosierraLEG.
- ⚾Bate con clavosRARO
- 🧹EscobaCOMÚN
Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon a un cargamento de carne que llegó del Chaco sin refrigeración, con moscas que no eran de este mundo. Otros señalaron el vertedero de Cateura, donde los recicladores encontraron un bidón de metal que no aparecía en ningún manifiesto y que olía a dulce y a podrido al mismo tiempo. Los más viejos dijeron que fue el río Paraguay, que siempre trajo cosas que no debía. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando Asunción sudaba a treinta y ocho grados y la gente se apretaba en los colectivos de la Terminal.
«Al caer la noche, el Palacio de los López seguía iluminado sobre el río, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Avenida Mariscal López, desierta, estaba sembrada de colectivos volcados y yerbateras abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
Desde la katana hasta la marioneta de Billy. Del carro de combate al enano de jardín. Cada superviviente lleva 3 objetos: elige bien. Desbloquea nuevo equipamiento ganando experiencia.
Las comidas se vuelven obras de arte. La moral del equipo no baja nunca del 60%.
Los equipos que aún tienen información del mundo de antes aguantan más. Inicia sesión para activar el bono permanente.
La corona impone respeto incluso en el caos. El líder irradia presencia, nadie discute sus órdenes.
▌ DE 0 A 1200+ · DE «COMIDA PARA ZOMBIS» AL «MODO DIOS»
Lanza la simulación. Descubre tu Survival Score. Comparte tu equipo. Cada decisión cuenta. Cada día te acerca al MODO DIOS, o a la muerte.
▌ 4 transmisiones para leer antes de formar tu equipo
La Terminal de Ómnibus fue el primer matadero. Un colectivo llegó de Luque atestado, con las ventanillas abiertas y cumbia sonando en el parlante del chofer. Alguien mordió a alguien. Los de al lado creyeron que era una pelea de borrachos, cosa de martes. El guardia de la terminal tomó tereré y miró para otro lado. Cuando el colectivo quedó en silencio ya era tarde. Las puertas se abrieron y la terminal se llenó de algo que no era el calor habitual.
En la superficie, la calle Palma seguía llena de gente caminando entre los vendedores de chipas y los cambistas del Mercado 4. Un gurí grabó con su celular a una señora caminando por la Plaza de los Héroes con el vestido de ñandutí empapado en sangre. Subió el video a Facebook con: "Che, esta señora se cayó en la carnicería y salió caminando nomás". Ocho mil compartidos en cinco minutos. El video se cortaba cuando la señora se abalanzaba sobre un vendedor de cocido frente al Panteón de los Héroes.
A las 18:47 el intendente apareció en la tele desde la Municipalidad. Habló de un brote de dengue hemorrágico severo, de que el Ministerio de Salud ya mandó fumigadores, de que la gente no se alarme. Un periodista de ABC Color preguntó por los muertos de la Terminal. Le dijeron que era información sin confirmar. A las 19:15 la Municipalidad cerró. A las 20:02, la línea de emergencias devolvía tono ocupado. Paraguay, donde cada crisis se resuelve mañana, no tuvo mañana.
Contener Asunción es una ilusión. La ciudad se desparrama sobre colinas suaves que bajan al río Paraguay sin orden ni plan. Los bañados del sur, donde viven cien mil personas en casas de madera sobre el agua, no tienen calles sino caminos de tierra que desaparecen cuando llueve. El Mercado 4 es un laberinto de pasillos donde se pierde hasta el que trabaja ahí. Y al lado, Luque, San Lorenzo, Fernando de la Mora, el Gran Asunción que nadie sabe dónde empieza ni dónde termina.
El Mercado 4 cayó en media hora. Las vendedoras pelearon con machetes y fierros. Doña Ramona, la de la sopa paraguaya del pasillo central, le partió la cabeza a tres infectados con una olla de hierro antes de que la tiraran entre los cajones de mandioca. El olor a sangre se mezcló con el del chipá guazú quemándose en los hornos que nadie apagó.
La Chacarita, ese barrio de casas de colores pegado al centro, resistió con lo que tenía. Cumbia villera sonando desde un parlante mientras los vecinos peleaban con palos de escoba y cuchillos de cocina en la calle Caballero. Los chicos del Club Olimpia improvisaron barricadas con las sillas del estadio. No alcanzó. Nunca alcanza con sillas.
En Villa Morra, los del shopping cerraron las puertas de vidrio y subieron al food court. Los infectados entraron por el estacionamiento subterráneo. Un Mercedes estampado contra el portón de un edificio de la Aviadores del Chaco. Un infectado con camisa de la selección paraguaya caminando por el centro del boulevard, con los brazos extendidos como si celebrara un gol que nadie anotó.
Los Bañados del Sur fueron lo más cruel. Las familias que vivían sobre el agua no tenían adónde correr. El río crecido les cerraba un lado y los infectados les cerraban el otro. Los que tenían canoas remaron hacia el medio del Paraguay y flotaron toda la noche, escuchando los gritos que venían de la orilla.
A las tres de la mañana, el Palacio de los López seguía iluminado sobre la bahía. Ese palacio blanco que López mandó construir imitando el Louvre, esa joya que sobrevivió a tres guerras. La bandera paraguaya flameaba en el techo sin nadie que la arriara. Desde el río, Asunción parecía intacta. Una mentira hermosa.
El amanecer trajo un calor pesado. Los pájaros no cantaron. Solo quedaba el ruido del río y el arrastrar de pies sobre el asfalto caliente.
Dos millones de bocas abiertas bajo el sol del Paraguay. Para morder.