EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Línea 3 del Metro fue la primera en caer. Un vagón atascado entre Balderas e Hidalgo, sin ventilación, con doscientas personas más de las que deberían caber. Alguien mordió a alguien. Los demás pensaron que era una pelea de borrachos, cosa de cada martes. El policía del andén ni siquiera se movió de su silla. Cuando el vagón llegó a Guerrero ya no había nadie gritando, solo ese sonido húmedo de mandíbulas trabajando. Las puertas se abrieron y la estación se llenó de algo que olía a fierro y a masa cruda.

En la superficie, Reforma seguía iluminada. Los godínez salían de las torres de Polanco con sus tuppers vacíos y sus audífonos puestos. Nadie escuchó nada. Una chica en Insurgentes grabó con su celular a un hombre arrastrándose por la banqueta de la Zona Rosa y lo subió a TikTok con el texto: "El mezcal pega duro, raza". Tuvo cuarenta mil likes en seis minutos. El video se cortaba justo cuando el hombre le arrancaba el brazo a un turista argentino frente al Ángel de la Independencia.

A las 18:47 la jefa de gobierno dio una conferencia de prensa desde el Antiguo Palacio del Ayuntamiento. Habló de un brote de rabia, de que el ISSSTE ya tenía la situación controlada, de que no había que caer en el pánico. Un reportero de Milenio le preguntó por los videos. Ella dijo que eran deepfakes. A las 19:15 se cortó la transmisión. A las 20:02, el número de emergencias 911 dejó de contestar. Como decían los chilangos, era un martes más de este gobierno.

Contener la Ciudad de México es una broma que solo un urbanista borracho podría intentar. Veintidós millones de personas repartidas en una mancha urbana que se extiende sin lógica ni piedad. Neza, Ecatepec, Iztapalapa, Tláhuac, colonias enteras que no aparecen en los mapas oficiales. Callejones que no tienen nombre, vecindades donde viven treinta familias detrás de un solo zaguán. No hay frontera, no hay perímetro, no hay forma de poner un cerco donde no existe ni banqueta.

Tepito cayó primero, pero no sin pelear. Los comerciantes del Barrio Bravo salieron con tubos, con navajas, con lo que tenían. Doña Lupe, la de los tenis piratas en el callejón de Paracaidistas, le reventó la cabeza a tres infectados con un bate de aluminio antes de que la tumbaran. Los puestos de la Lagunilla ardieron. El olor a plástico quemado y a carne se mezcló con el del copal que alguien prendió en la esquina de Peralvillo, como si los santos pudieran hacer algo.

En Coyoacán, los fresas intentaron refugiarse en los restaurantes de la plaza. El mesero del Café El Jarocho cerró la cortina de metal mientras adentro la gente seguía pidiendo capuchinos. No duró. Los infectados entraron por la cocina. La Casa Azul de Frida Kahlo quedó salpicada de sangre fresca sobre los muros de añil. Alguien dijo después que las calaveras de papel maché del jardín se confundían con las caras de los mordidos.

Polanco resistió exactamente cuarenta minutos. Las alarmas de los departamentos de Masaryk sonaban como un coro metálico. Los de seguridad privada dispararon hasta que se les acabaron las balas y luego corrieron como todos los demás. Un Lamborghini estampado contra la fuente de Antara. Un infectado vestido de Gucci caminando por Presidente Masaryk con medio labio colgando.

En Iztapalapa la cosa fue distinta. La gente ya estaba acostumbrada al horror. Se organizaron por cuadras, con silbatos, como hacían para los temblores. Los de la Unidad Vicente Guerrero levantaron barricadas con refrigeradores y colchones. Aguantaron hasta la medianoche. En Santa Martha los reos del penal escucharon los gritos desde adentro y supieron, antes que nadie, que lo de afuera era peor que la cárcel.

Xochimilco fue lo último. Las trajineras flotaban vacías entre las chinampas, decoradas con flores de cempasúchil fuera de temporada. El agua oscura del canal se llenó de cuerpos que se movían sin respirar. Los ajolotes del lago, esos que habían sobrevivido a quinientos años de conquista y contaminación, nadaban entre los muertos como si nada hubiera cambiado.

A las tres de la mañana el Ángel de la Independencia seguía iluminado en dorado. Nadie lo apagó porque ya no quedaba nadie para apagarlo. Desde el mirador de la Torre Latinoamericana se veía todo: una ciudad de luces encendidas y calles llenas de sombras que caminaban despacio.

La Ciudad de México no se rindió. No tuvo tiempo. Se la tragaron de un bocado de veintidós millones de dientes. El último sonido fue el de una marimba que alguien dejó tocando en la explanada del Zócalo, la melodía perdiéndose entre los gemidos.

El amanecer encontró la Catedral Metropolitana intacta. Adentro, nada. Afuera, todo. Millones de bocas abiertas. Para morder.

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