Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al laboratorio militar de Lo Aguirre, ese que los milicos juraban que llevaba cerrado desde los noventa. Otros apuntaron a un container chino que llegó al puerto de San Antonio con la documentación trucha y un olor que los aduaneros prefirieron ignorar. Los más volados dijeron que fue el río Mapocho, que siempre estuvo muerto y ahora devolvía el favor. Lo único claro es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando Santiago tenía siete millones de weones apretados en el metro, en las micros, en los tacos de Providencia.
«Al caer la noche, el Cerro San Cristóbal aún iluminaba la ciudad, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Alameda, desierta, estaba sembrada de cochecitos volcados y tarjetas BIP! abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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La Línea 1 del Metro fue la primera en caer. Un vagón entre Baquedano y Salvador, cargado hasta las masas como siempre. Alguien mordió a alguien en la aglomeración. Los demás creyeron que era un tipo curado, de esos que se suben a hacer show un martes cualquiera. El guardia del andén ni se paró. Cuando el tren llegó a Tobalaba las puertas se abrieron y salió un olor a fierro que cortaba el aire. La gente del andén retrocedió. Pero atrás había más gente. Siempre hay más gente.
Arriba, la Alameda seguía llena. Los oficinistas salían de las torres del Costanera Center con sus mochilas y sus audífonos. Una cabra chica en Lastarria grabó a un hombre arrastrándose por la vereda de José Victorino Lastarria y lo subió a Instagram con un: "Cabros, la piscola del Happy Hour está peligrosa". Veinte mil likes en cinco minutos. El video se cortaba justo cuando el tipo le sacaba un pedazo del brazo a un garzón del Liguria.
A las 18:47 el delegado presidencial salió en cadena nacional desde La Moneda. Habló de un brote de rabia, de que el Ministerio de Salud estaba coordinando, de que no había que caer en el pánico. Un periodista de CHV preguntó por los videos. Le dijeron que eran montaje. A las 19:15 La Moneda quedó a oscuras. A las 20:02 nadie contestó en el Minsal. Como decían los santiaguinos: otro martes más donde el Estado brilla por su ausencia.
Contener Santiago es una fantasía. La ciudad se extiende por un valle encerrado entre la cordillera y los cerros, pero adentro no hay orden ni frontera. Puente Alto, Maipú, La Pintana, comunas que son ciudades enteras conectadas por autopistas concesionadas y calles sin veredas. Poblaciones donde los pasajes no aparecen en Google Maps, donde las rejas de las casas ya estaban puestas antes de los zombis pero nunca fueron suficientes.
La Vega Central cayó primero. Los feriantes pelearon con cuchillos corvos y pallets de madera. Don Segundo, el de los limones de Pica en el pasillo cuatro, le reventó la cabeza a dos infectados con un fierro antes de que lo alcanzaran entre los cajones de tomate. La sangre se mezcló con el agua de los pescados del Mercado Central. El olor a mariscos podridos y a carne abierta inundó las calles de Recoleta.
En el Barrio Alto, Las Condes y Vitacura intentaron cerrar todo. Los conserjes de los edificios de El Golf bajaron las cortinas metálicas. Los de la Clínica Las Condes cerraron las urgencias. No sirvió de nada. Los infectados subieron por Apoquindo como una procesión lenta y hambrienta. Un Porsche Cayenne estrellado contra la puerta del mall Parque Arauco. Un tipo de polera Lacoste caminando por Isidora Goyenechea con la mandíbula colgando, todavía con el reloj puesto.
La Pintana y San Bernardo pelearon como sabían pelear. Barricadas en cada pasaje, fogatas con neumáticos, cabros chicos tirando piedras desde los techos de zinc. La pobla José María Caro resistió hasta la una de la mañana. Se organizaron con silbatos, como en los terremotos. Pero no era un terremoto. Los terremotos pasan.
El cerro San Cristóbal fue lo último en caer. La Virgen del cerro quedó iluminada toda la noche, mirando hacia abajo con esa sonrisa de yeso que ya no consolaba a nadie. Los funiculares se detuvieron con gente adentro. Desde arriba se veía Santiago entero: las luces encendidas, las alarmas sonando, las sombras moviéndose en masa por las avenidas.
El Costanera Center, el edificio más alto de Sudamérica, seguía iluminado a las cuatro de la mañana. Trescientos metros de vidrio y acero brillando sobre una ciudad que ya no existía. Adentro, en el piso sesenta y dos, un guardia nocturno miraba por la ventana sin parpadear. Ya no necesitaba parpadear.
La cordillera amaneció blanca. Santiago amaneció callado. Siete millones de bocas abiertas entre la niebla del valle. Para morder.