Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon a un laboratorio de la Universidad Nacional en la carrera 30, donde un refrigerador llevaba tres semanas sin luz y las muestras se pudrían en silencio. Otros señalaron la plaza de mercado de Paloquemao, donde un cargamento de carne llegó del Llano sin papeles y sin frío. Los más paranoicos dijeron que salió de las alcantarillas de la Candelaria, que Bogotá siempre tuvo algo podrido debajo. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando ocho millones de personas se apretaban en los TransMilenios, en los colectivos, en los trancones de la Séptima.
«Al caer la noche, Monserrate seguía iluminando la cordillera, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Carrera Séptima, desierta, estaba sembrada de cochecitos volcados y tarjetas Tullave abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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La estación de TransMilenio de la Jiménez fue la primera en reventar. Un articulado rojo llegó de la Caracas repleto, puertas que no cerraban, gente colgando de los torniquetes. Alguien mordió a alguien en el tumulto. Los demás creyeron que era un atraco, un loco, la normalidad de un martes en Bogotá. El celador del andén habló por radio. Nadie le contestó. Cuando el bus llegó a la estación de la 72 ya no salieron pasajeros. Salió otra cosa.
En la superficie, la carrera Séptima seguía trancada. Los oficinistas del Centro Internacional caminaban con los audífonos puestos, esquivando vendedores ambulantes. Un pelado en Chapinero grabó a una vieja caminando sin zapatos por la Zona T, con la bata de hospital todavía puesta y sangre en la boca. Lo subió a Twitter con: "Parcero, esta señora se voló de la clínica y está más perdida que el metro de Bogotá". Diez mil retuits en tres minutos. El video se cortó cuando la señora le arrancó la oreja a un mesero del Andrés Carne de Res DC.
A las 18:47 la alcaldesa apareció en una transmisión desde el Palacio Liévano en la Plaza de Bolívar. Habló de un brote atípico, de que la Secretaría de Salud estaba coordinando, de mantener la calma y no salir de casa. Un periodista de Semana preguntó por los videos. Dijo que eran desinformación. A las 19:15 el Palacio quedó a oscuras. A las 20:02 la línea 123 reprodujo un mensaje grabado que nadie cambió desde 2019. Bogotá, la ciudad donde siempre hay un comité para todo, no tuvo comité para esto.
Contener Bogotá es un chiste sin gracia. La ciudad se estira de sur a norte por sesenta kilómetros, pegada contra los cerros orientales, desparramada hacia la sabana sin fin. Ciudad Bolívar, Soacha, Bosa, Kennedy, localidades que son ciudades enteras donde las calles no tienen nombre y las casas crecen piso por piso sin permiso. No hay muro que aguante, no hay avenida que sirva de frontera cuando cuatro millones de personas viven en el borde.
La Candelaria cayó con dignidad colonial. Los estudiantes de la Javeriana y del Externado armaron barricadas con pupitres en la calle 12. No duró. Los infectados bajaron de los cerros de Monserrate como si la montaña los escupiera. El Chorro de Quevedo, donde nacieron los primeros cuenteros, se llenó de gritos que ya no contaban historias. La iglesia de la Tercera quedó abierta toda la noche. Nadie entró a rezar.
En Kennedy, la gente hizo lo que siempre hace: se defendió sola. Barricadas con carretas de reciclaje y cilindros de gas en la Avenida Primero de Mayo. Doña Flor, la de los tamales en el barrio Patio Bonito, tumbó a cuatro infectados con un rodillo de amasar antes de que la alcanzaran frente a su puesto. La sangre se mezcló con la masa de los tamales que quedaron en la plancha.
Usaquén, Rosales, el Chicó. Los del norte creyeron que la plata los salvaba. Los porteros de los conjuntos cerraron las puertas de vidrio blindado. Las cámaras de seguridad grabaron todo con nitidez de alta definición: cómo los infectados entraron por el parqueadero del Centro Comercial Andino, cómo la gente corría entre las tiendas de marca, cómo un infectado con saco de paño inglés perseguía a una cajera por los pasillos de un Zara que nunca iba a volver a abrir.
Ciudad Bolívar peleó toda la noche. Los pelados de los barrios altos, esos que el resto de Bogotá solo veía en las noticias cuando había problemas, prendieron llantas en cada esquina. Hicieron lo que sabían hacer: sobrevivir. Resistieron más que cualquier localidad del norte, más que las clínicas con planta eléctrica, más que los edificios con helipuerto. Resistieron hasta que no quedó nada que resistir.
Monserrate amaneció intacto. La iglesia blanca en la cima del cerro, iluminada como siempre, como un faro sobre una ciudad que ya no pedía milagros. El teleférico se detuvo a medianoche con una cabina suspendida en el vacío. Adentro, algo se movía.
A las cinco de la mañana llovió. Bogotá siempre llueve cuando no debe. El agua bajó por los cerros arrastrando sangre hasta los caños del centro. Los semáforos de la Séptima cambiaban de verde a rojo para nadie.
Ocho millones de bocas abiertas bajo la lluvia fría de la sabana. Para morder.