EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Terminal del Atlántico fue la primera en caer. Un bus de Lumaca llegó de Limón repleto, con las ventanas abiertas y el reggaetón sonando. Alguien mordió a alguien en el pasillo. Los demás creyeron que era un pleito de borrachos, un mae perdido. El guarda de la terminal llamó al 911. Le pusieron en espera con música. Cuando el bus se vació, lo que salió no corría sino que caminaba con esa paciencia de lo que no tiene prisa porque tiene toda la noche.

En la superficie, el Paseo Colón seguía trancado. Los oficinistas de Sabana Norte salían con sus loncheras vacías. Una güila en Barrio Amón grabó a un hombre caminando por la Avenida Central sin zapatos, con la camisa del ICE empapada en sangre. Lo subió a Instagram con: "Diay, este mae se cayó en el hueco de la acera que llevan tres años sin arreglar". Siete mil likes en cuatro minutos. El video se cortó cuando el mae se lanzó sobre una señora que vendía granizados frente al Teatro Nacional.

A las 18:47 el presidente apareció en cadena desde Zapote. Habló de un incidente sanitario aislado, de que la CCSS tenía la capacidad para responder, de que Costa Rica tenía el mejor sistema de salud de Centroamérica. Un periodista de Teletica preguntó por los videos. Le dijeron que no fomentara el pánico. A las 19:15 Zapote cerró. A las 20:02 el 911 colapsó. La pura vida se acabó a las ocho y dos minutos de la noche.

Contener San José es una broma vial. La Gran Área Metropolitana se extiende sin límite visible: Desamparados, Alajuelita, Tibás, Moravia, Curridabat, Escazú, todo pegado sin frontera, sin plan, conectado por calles que se llaman igual en tres cantones distintos. Los precarios del sur, Sagrada Familia, los Hatillos, barrios que crecen sobre ríos contaminados y laderas inestables. No hay autopista que cortar, no hay río que sirva de muro.

El Mercado Central cayó con su olor a casado y a café. Los soderos pelearon con cuchillos de cocina y cucharones. Don Carlos, el del puesto de chicharrones del pasillo cinco, aplastó dos cabezas con un sartén de hierro antes de que lo alcanzaran. La sangre se mezcló con el agua del piso, con el chorreado que nadie apagó, con el olor a palmito y a cilantro que por un segundo todavía olía a almuerzo.

Barrio Escalante, con sus cafeterías artesanales y sus restaurantes de brunch, cayó en silencio. Los hipsters cerraron las puertas de vidrio de los coffee shops y siguieron con sus flat whites. No duró. Los infectados entraron por la calle 33 como si vinieran de un bar crawl que se salió de control. Un Tesla estrellado contra un food truck de tacos coreanos.

Alajuelita y Desamparados pelearon con machetes de cortar caña y piedras del río. Los barrios del sur, esos que el resto de San José solo visita para comprar algo barato, armaron barricadas con carretas y postes de luz. Los predicadores de las iglesias evangélicas sacaron los altavoces y compitieron con los gritos. Resistieron hasta la una de la mañana. Más que Escazú. Más que Santa Ana. Más que los que tenían portón eléctrico.

Escazú se creyó a salvo detrás de sus tapias y sus cercos eléctricos. Los guardas de seguridad de los condominios cerraron las plumas. Las cámaras grabaron en alta definición cómo los infectados treparon las rejas, cómo entraron por los jardines con piscina, cómo una señora de yoga pants cayó en la terraza donde hacía sus meditaciones matutinas.

A las tres de la mañana, el Teatro Nacional seguía iluminado en la Avenida Segunda. Esa joya de mármol y pan de oro que los ticos construyeron con plata del café. Adentro, los ángeles del techo miraban butacas vacías. Afuera, San José había dejado de ser pura vida.

El amanecer trajo lluvia. San José siempre llueve cuando menos conviene. Un millón y medio de bocas abiertas bajo el aguacero. Para morder.

7 roles. 28 días. Cero margen de error.

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