Armas
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Nadie pudo decir con certeza dónde empezó. Unos culparon al Hospital Vargas, donde los cadáveres llevaban tres días sin refrigeración porque la planta eléctrica se quedó sin gasoil. Otros señalaron el mercado de Coche, donde un camión de pollos llegó de los Valles del Tuy con un olor que no era normal ni para Venezuela. Los conspiranoicos de siempre dijeron que fue un experimento cubano que se salió de control. Lo cierto es que fue un martes, a las seis y cuarto de la tarde, cuando Caracas tenía cinco millones de almas atrapadas entre cerros, autopistas y apagones.
«Al caer la noche, el Ávila seguía recortando la ciudad, dorando una ciudad que ya no tenía nada vivo. La Avenida Francisco de Miranda, desierta, estaba sembrada de por puestos volcados y tarjetas TransMetro abandonadas. Y en la oscuridad, tenía hambre.»
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La estación del Metro de Capitolio fue la primera en reventar. Un vagón de la Línea 1, de esos que funcionan cuando quieren, llegó desde Propatria lleno hasta el techo. Alguien mordió a alguien. Los demás creyeron que era un malandreo, un atraco, la vida normal del metro caraqueño. El vigilante miró para otro lado. Ya llevaba cuatro meses sin cobrar, no iba a arriesgar la vida por un sueldo que no existía. Cuando el vagón llegó a Chacaíto ya era un matadero sobre rieles.
En la superficie, la Francisco de Miranda estaba trancada. Los oficinistas de Chacao salían de las torres con sus bolsos cruzados, revisando el teléfono. Un chamo en Sabana Grande grabó a una mujer caminando por el Boulevard sin blusa, con marcas de mordida en los hombros y los ojos en blanco. Lo subió a Instagram con: "Marico, esta señora se pasó de cocuy en pleno martes, qué fuerte". Veinte mil likes en dos minutos. El video se cortaba cuando la señora se abalanzaba sobre un buhonero frente al Centro Comercial El Recreo.
A las 18:47 un vocero del gobierno apareció en VTV desde Miraflores. Habló de un ataque bacteriológico del imperialismo yanqui, de que la revolución tenía todo bajo control, de que el pueblo estaba preparado. Un periodista de Globovisión preguntó por los muertos del metro. Le cortaron el micrófono. A las 19:15 Miraflores cerró los portones. A las 20:02 el 171 estaba tan muerto como siempre. Venezuela, el país donde todo lleva años colapsado, simplemente colapsó un poco más.
Contener Caracas es una fantasía arquitectónica. La ciudad está encajonada en un valle estrecho, rodeada por el Ávila al norte y cerros poblados en todas direcciones. Petare, Catia, la Cota 905, el 23 de Enero, barrios de ranchos que trepan las montañas sin ley ni urbanismo, donde ni la policía entra de día. Escaleras verticales, callejones de medio metro de ancho, techos de zinc pegados unos a otros. No hay cerco posible. No hay barrera que funcione donde la ciudad misma es un laberinto sin plano.
Petare cayó primero, pero no sin sangre. El barrio más grande de Latinoamérica, cuatrocientas mil personas amontonadas en un cerro, se convirtió en una trampa vertical. Los malandros de las bandas sacaron las pistolas que el gobierno juraba que no existían. Dispararon hasta que se acabaron las balas, que no eran muchas porque las balas también están en crisis. Los de la José Félix Ribas pelearon con machetes y cabillas. Pelearon como habían peleado toda su vida, contra todo, contra todos, contra un Estado que los abandonó hace décadas.
Chacao y Altamira cayeron con ironía. Los del Centro San Ignacio cerraron las puertas del restaurante y pidieron la cuenta como si el mesero fuera a volver. Los del CCCT subieron al último piso del centro comercial que alguna vez fue símbolo de la Venezuela rica. Un infectado con reloj Rolex caminando por la avenida Libertador, arrastrando un maletín de cuero que ya no necesitaba.
La Cota 905 fue una guerra dentro de la guerra. Los que controlaban el cerro, esos que tenían fusiles y granadas, defendieron su territorio como lo defendían de la policía. Tres horas de disparos que se escucharon hasta El Hatillo. Los megáfonos de las iglesias evangélicas sonaron toda la noche con rezos que se mezclaron con los gritos.
El 23 de Enero resistió con orgullo revolucionario. Los colectivos sacaron las motos y montaron barricadas con busetas quemadas en cada entrada del barrio. Los murales de Chávez y del Che quedaron salpicados de sangre. La ironía final de una revolución que prometió un hombre nuevo y recibió algo que ya no era hombre.
A las tres de la mañana, el Ávila seguía ahí. El cerro verde que separa a Caracas del mar, ese que los caraqueños miran cada mañana para saber si va a llover, estaba oscuro y silencioso. Las luces del Hotel Humboldt brillaban en la cumbre como un faro. Nadie subió.
Caracas amaneció sin luz. Pero eso no era nuevo. Lo nuevo era el silencio. Ni motos, ni reggaetón, ni el grito del vendedor de empanadas en la esquina. Solo el zumbido de cinco millones de cuerpos moviéndose despacio bajo el sol del trópico.
Cinco millones de bocas abiertas en el valle. Para morder.