EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

El Metropolitano fue el primer desastre. Un bus biarticulado en la estación Naranjal, Comas, repleto como todos los martes. Alguien mordió a alguien. La gente pensó que era un loco, un pirañita, un drogado. El vigilante de la estación ni se paró del banquito. Cuando el bus llegó a la estación Central de Plaza Grau las puertas se abrieron y lo que salió no era gente. Era hambre con forma de gente.

En la superficie, la avenida Arequipa estaba trancada como siempre. Los combis pasaban tocando bocina. Una chica en Miraflores grabó a un hombre subiendo por la calle Schell con la camisa abierta y la mandíbula colgando. Lo subió a TikTok con: "Oe, este pata se pasó de piscos en el Ayahuasca". Treinta mil likes en tres minutos. El video terminaba cuando el hombre se lanzaba sobre una señora que salía de Wong con sus bolsas del mandado.

A las 18:47 el alcalde de Lima salió en conferencia desde el Palacio Municipal en la Plaza de Armas. Habló de un brote de rabia, de que EsSalud estaba respondiendo, de que Lima estaba segura. Un periodista de América TV preguntó por los muertos del Metropolitano. Le dijeron que no sean irresponsables. A las 19:15 el Palacio cerró las rejas coloniales. A las 20:02 el 105 y el 116 reproducían un mensaje grabado que decía que la espera era de cuarenta y cinco minutos. Lima, la ciudad que llevaba dos siglos sin resolver el tráfico, tampoco resolvió esto.

Contener Lima es una pesadilla de urbanismo salvaje. La ciudad se extiende por el desierto costero sin fin: Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, Comas, Los Olivos, conos enteros que son ciudades de millones sin plan ni límite. Cerros invadidos con casas de esteras y ladrillos sin tarrajear, escaleras infinitas que suben hacia la niebla. Ocho mil combis sin ruta fija que conectan todo con todo. No hay frontera, no hay cerco, no hay nada que poner entre la plaga y diez millones de cuerpos.

El Centro de Lima cayó con su olor a anticucho y a incienso. Los ambulantes de la avenida Abancay pelearon con fierros y paraguas. Los del Barrio Chino cerraron las puertas del Wa Lok y atrancaron con las mesas. No duró. Los infectados entraron por la calle Capón como una marea. La sangre salpicó los farolitos rojos y los patos laqueados de las vitrinas.

En San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado de Sudamérica, la cosa fue a otra escala. Un millón doscientas mil personas en quebradas sin salida. Los mototaxistas intentaron escapar por la Próceres de la Independencia, pero la avenida ya era un cementerio de combis chocadas. Los vecinos de Bayóvar y Canto Grande hicieron lo que sabían hacer: sobrevivir solos. Barricadas de fierro, piedras desde los techos, perros bravos sueltos. Pelearon hasta las tres de la mañana.

Miraflores se creyó a salvo. Los del Larcomar cerraron el centro comercial que cuelga del acantilado sobre el Pacífico. Los turistas sacaron fotos del caos desde las terrazas del Marriott. Los infectados llegaron por el Malecón de la Reserva a las nueve de la noche. Un tipo con polo de marca cayó por el acantilado persiguiendo a una jogger. El Parque del Amor, donde las parejas se besaban frente al mar, se llenó de otra clase de bocas.

San Isidro cayó con elegancia. Los banqueros de la avenida Rivera Navarrete salieron por los estacionamientos subterráneos. Las torres de oficinas quedaron iluminadas con gente adentro que ya no trabajaba. El Olivar, ese bosque de olivos de cuatrocientos años en medio de la ciudad, se llenó de sombras que se movían entre los troncos retorcidos.

Villa El Salvador resistió más que todos. Los que construyeron un distrito entero en el desierto con sus propias manos no se rindieron fácil. Las ollas comunes sirvieron su última sopa. Las madres del vaso de leche repartieron lo que quedaba. Pelearon organizados, como siempre, como los habían entrenado décadas de abandono.

A las cuatro de la mañana, la Cruz del cerro San Cristóbal seguía encendida. Desde arriba, Lima era una alfombra de luces que se extendía hasta perderse en la garúa. Luces sin nadie. Calles sin voz. Solo el ruido sordo del Pacífico golpeando los acantilados de la Costa Verde.

Diez millones de bocas abiertas entre la niebla del desierto. Para morder.

7 roles. 28 días. Cero margen de error.

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