EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Gran Central Metropolitana de Comayagüela fue la primera en caer. Un rapidito llegó de la Kennedy atestado, con la puerta trasera abierta y gente colgando del estribo. Alguien mordió a alguien. Los demás creyeron que era un asalto, porque en los rapiditos de Tegucigalpa siempre es un asalto. El cobrador sacó el cuchillo que siempre carga. No le sirvió como esperaba. Cuando el rapidito quedó en silencio, lo que salió por las puertas no buscaba billeteras.

En la superficie, el bulevar Morazán seguía trancado. Una cipota grabó a un hombre caminando descalzo por el bulevar Suyapa, dejando huellas rojas en el asfalto. Lo subió a Facebook con: "Este maje se cayó del rapidito y anda bien loco". Cuatro mil compartidos en cinco minutos. El video se cortaba cuando el hombre se lanzaba sobre un vendedor de baleadas frente a la basílica de Suyapa.

A las 18:47 el alcalde salió en cadena desde la alcaldía municipal. Habló de un brote de dengue severo, de que la Secretaría de Salud tenía todo controlado, de que no se alarmaran. Un periodista de HCH preguntó por los muertos de Comayagüela. Le dijeron que eran rumores de redes sociales. A las 19:15 la alcaldía cerró. A las 20:02 el 911 daba señal muerta. Honduras, donde cada institución es una promesa rota, rompió su última promesa.

Contener Tegucigalpa es un chiste topográfico. La ciudad está desparramada sobre cerros, cañadas y quebradas sin lógica. Comayagüela y Tegucigalpa, las dos ciudades gemelas separadas por el río Choluteca, conectadas por puentes que son cuellos de botella. Las colonias trepan los cerros sin calles pavimentadas, sin alumbrado, con escaleras de tierra que desaparecen cuando llueve. El Cerro Grande, la Kennedy, Nueva Suyapa, barrios enteros donde ni los taxis entran.

Comayagüela cayó primero. El mercado, los puestos de ropa americana, las pulperías de la calle real. Las vendedoras pelearon con lo que encontraron. El olor a sangre se mezcló con el del río Choluteca, que ya olía a muerte desde antes. Los puentes se llenaron de gente cruzando hacia Tegucigalpa, empujándose, cayendo al río que no perdona.

La colonia Kennedy resistió dos horas. Los vecinos, acostumbrados a defenderse solos de las maras y de la policía y de todo lo que viene de noche, hicieron barricadas con llantas y bloques. Los pastores de las iglesias evangélicas rezaron por altavoces que se escuchaban en todo el cerro. Los rezos se apagaron uno por uno.

En la colonia Lomas del Guijarro, los ricos cerraron los portones eléctricos y activaron las alarmas que sonaron para nadie. Los de los restaurantes del bulevar Morazán intentaron escapar en sus camionetas blindadas. No hay blindaje para lo que muerde. Un Prado Toyota estrellada contra la fuente del Mall Multiplaza. Los infectados entraron por la rampa del estacionamiento.

El Cerro El Picacho, con su Cristo gigante de brazos abiertos mirando la ciudad, fue lo último que quedó iluminado. Veinte metros de concreto y fe sobre un cerro que los catracos miran cada mañana. A las dos de la mañana sus reflectores seguían encendidos. Los brazos abiertos ya no abrazaban a nadie.

Tegucigalpa amaneció bajo una neblina gris. Los perros callejeros fueron los últimos en callar. El río Choluteca siguió corriendo, sucio como siempre, arrastrando cosas que nadie quería ver.

Un millón doscientas mil bocas abiertas entre los cerros. Para morder.

7 roles. 28 días. Cero margen de error.

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