EL APOCALIPSIS HA COMENZADO

La Terminal de Albrook fue la primera en caer. Un Diablo Rojo, de esos buses pintados que el gobierno juró que ya no existían, llegó de San Miguelito con la cumbia de El General sonando a todo volumen. Alguien mordió al cobrador. Los demás creyeron que era un pleito de borrachos, un loco, un crackero de Curundú. El policía de la terminal habló por radio. Nadie respondió. Cuando el bus se vació, el olor a fierro se mezcló con el del aire acondicionado del mall de Albrook que estaba pegado a la terminal.

En la superficie, la Cinta Costera brillaba con sus luces LED. Los banqueros de la Avenida Balboa salían de las torres de cristal. Un pelao en Bella Vista grabó a un hombre arrastrándose por la Vía España con el pantalón de vestir roto y la corbata empapada. Lo subió a Instagram con: "Este yeye se pasó de seco herrerano en pleno martes". Doce mil likes en tres minutos. El video se cortó cuando el hombre mordió a un taxista frente al Hotel El Panamá.

A las 18:47 el presidente apareció desde la Presidencia en Clayton. Habló de un incidente en el sistema de salud, de que la CSS tenía todo controlado, de que Panamá era un hub de excelencia médica. Un periodista de TVN preguntó por los videos. Le dijeron que eran fake news. A las 19:15 Clayton quedó cercado por seguridad. A las 20:02 el 911 devolvía señal ocupada. Panamá, la ciudad que movía barcos de un océano a otro, no pudo mover una ambulancia.

Contener la ciudad de Panamá es un problema de ingeniería que nadie resolvió. La ciudad se alarga entre el Canal al oeste y el mar al sur, pero al norte se extiende San Miguelito, Tocumen, Chepo, sin frontera ni freno. El Casco Viejo es una península. Costa del Este es una franja. Pero entre medio hay barrios como Curundú, El Chorrillo, Calidonia, donde los edificios se pegan unos a otros y los callejones huelen a humedad permanente. No hay muro. Solo hay concreto y sudor.

El Casco Viejo cayó con ironía colonial. Los turistas de los rooftop bars filmaron la escena desde arriba con cocteles en la mano. Los meseros de los restaurantes de la Plaza de Francia cerraron las puertas de madera centenaria. No sirvieron. Los infectados entraron por los callejones de la Avenida A como si conocieran cada piedra. La Catedral Metropolitana, con sus torres de nácar, cerró sus puertas. Las campanas sonaron solas a las nueve de la noche. Nadie las tocó.

El Chorrillo fue una masacre rápida. El barrio que los gringos bombardearon en el 89, que se reconstruyó con bloques baratos y memorias largas, cayó en cuarenta minutos. Los vecinos pelearon con tubos y botellas rotas. Doña Yamileth, la de la fonda de la calle 24, tumbó a dos infectados con un cilindro de gas antes de que la alcanzaran frente a su puerta.

Costa del Este, con sus torres de lujo que miran al Pacífico, se creyó en otro país. Los porteros cerraron los lobbies de mármol. Las cámaras de seguridad grabaron todo: infectados subiendo por las escaleras de emergencia piso por piso, como si el ascensor fuera un lujo que ya no merecían. Un Porsche Cayenne estrellado contra la fuente de la entrada del Town Center.

San Miguelito fue la guerra más larga. Trescientas mil personas en cerros de concreto y zinc, conectados por escaleras que son callejones y callejones que son escaleras. Los pandilleros sacaron lo que tenían. Los vecinos de Cerro Batea y José Domingo Espinar pelearon toda la noche, con fogatas en cada esquina y machetes que brillaban con el fuego.

A las cuatro de la mañana, los rascacielos de Punta Pacífica seguían encendidos. Esa pared de vidrio y acero que parece Miami pero que huele a trópico. Las luces se reflejaban en el Pacífico negro. Desde el Cerro Ancón se veía todo: la ciudad vieja, la ciudad nueva, el Canal, los barcos esperando turno para cruzar de un océano a otro. Los barcos seguían ahí. La ciudad no.

Un millón y medio de bocas abiertas entre el Canal y el mar. Para morder.

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